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CRÍTICA: “VALERIE Y SU SEMANA DE LAS MARAVILLAS” (1970) DE JAROMIL JIRES

Opinión

Por: Katya Birker Grabowsky

24/04/2018

Opinión

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El vampiro es una de esas tantas criaturas retratadas hasta la saciedad en el medio cinematográfico desde que éste viera la luz: desde el período mudo con clásicos como Nosferatu (1922), de F. W. Murnau, o Vampyr (1932), la primera película sonora de Carl Theodor Dreyer; hasta Nosferatu, vampiro de la noche (1979), de Werner Herzog, o Bram Stoker’s Dracula (1992), de Francis Ford Coppola; pasando por muchas otras producciones, tanto comerciales como independientes.

Vampyr (1932), de Carl Theodor Dreyer.

Pero nunca, ni antes ni después, se ha representado como en Valerie y su Semana de las Maravillas (1970) –Valerie a týden divu en su título original-, filme dirigido por Jaromil Jireš, basado en la novela de Vitezslav Nezval y perteneciente a la Nueva Ola Checoslovaca, el movimiento cinematográfico más vanguardista y artístico que vivió el país que se divide actualmente en la República Checa y Eslovaquia. Valerie y su Semana de las Maravillas es un cuento siniestro, extraño, una especie de Alicia en el país de las maravillas aún más oscuro y pintoresco. Es una fantasía, un sueño impío y aun así delicioso y bello hasta decir basta.

Valerie y Su semana de las Maravillas es toda una experiencia bucólica, maravillosa a la par que insólita, así como una tremenda crítica a la sociedad excesivamente civilizada y a la desvergonzada hipocresía de la Iglesia.

Jaroslava Schallerová como Valerie en Valerie y su Semana de las Maravillas (1970).

Valerie (interpretada por la popular actriz checa Jaroslava Schallerová) es una bonita muchacha recién entrada en la pubertad que vive con su estricta pero bondadosa abuela en un antiguo caserón de paredes de un blanco cegador. Su sosegada existencia dará un vuelco con la llegada al pueblo de un colectivo ambulante de actores, al mismo tiempo que una comitiva de misioneros liderada por un cura tirano aunque poco ortodoxo. La jovencita perderá la inocencia más rápido de lo que nunca podría haber sospechado y se verá inmersa en un mundo casi quimérico donde la amenazadora fantasía y el terror más impuro irán in crescendo. 

Valerie y su Semana de las Maravillas (1970).

El filme viene marcado por numerosas corrientes y temáticas. La historia, así como su desarrollo -la linealidad parece sufrir rupturas-, presenta un carácter surrealista, onírico. Todas las imágenes parecen envueltas en un velo de ensueño, de fantasía en la que todo puede ocurrir, llegando al punto de que cualquier hecho, por chocante y extremo que resultara en un contexto real, difícilmente nos provocará asombro o extrañeza. Si bien ciertas secuencias no dejan de ser impactantes, siendo el espectador testigo de pedofilia, incesto, homosexualidad -que hoy en día está aceptada al fin, pero debemos tener en cuenta la época de la cinta-, etc.; en resumidas cuentas, de un hedonismo casi animal. No obstante, la historia no sólo contiene aspectos de dudosa moralidad, ya que también se aprecian valores como la fuerza de la naturaleza, verdadera madre de la humanidad; la delicadeza casi angelical de las vírgenes, que aún después del acto sexual no queda mancillada; y un misticismo exacerbado, repleto de criaturas siniestramente mágicas. En definitiva, Valerie y Su semana de las Maravillas es toda una experiencia bucólica, maravillosa a la par que insólita, así como una tremenda crítica a la sociedad excesivamente civilizada y a la desvergonzada hipocresía de la Iglesia.

Jirí Prýmek en Valerie y su Semana de las Maravillas (1970).

No sólo en cuanto a la historia resulta osada y adelantada a su tiempo esta pequeña gran joya. A nivel técnico no se queda atrás en absoluto. Tanto la música como la fotografía se despliegan en perfecta consonancia con el contenido. La fotografía -suave, diáfana y nubosa al misma tiempo, repleta de colores pastel y con gran relevancia del blanco como símbolo de pureza-, hace que la tenebrosa historia parezca hermosa, al presentar la apariencia de un cuento de hadas más que de un relato gótico. La depravación se ensalza, se dignifica, se glorifica incluso, alzándose a un status celestial. Además, los planos son irreales, con angulaciones antinaturales: picados extremos y casi cenitales. Todo ello no hace más que incrementar la sensación de fantasía. La música, a su vez, es melódica, orquestal y espiritual, esperanzadora por momentos, apocalíptica en ocasiones. Bien podría ser música de cuento fantástico medieval. Cumple con creces su cometido al sumergir al espectador de forma irrevocable en la macabra pero hermosa historia que se le va relatando.

Valerie y su Semana de las Maravillas (1970).

Valerie y su Semana de las Maravillas es sin lugar a dudas una de las obras más transgresoras de la historia del cine. Resulta sorprendente que hubiera podido realizarse a finales de la turbulenta década de los sesenta. Aunque, por desgracia y cierto desconcierto, es apenas conocida y desde luego no ha recibido el prestigio que merece en tanto visionaria e irreverente y, al fin y al cabo, obra de arte singular como pocas. Pese a ello, consuela pensar que tal vez sí sea considerada una película de culto entre los más ávidos cinéfilos.

Jirí Prýmek y Jaroslava Schallerová en Valerie y su Semana de las Maravillas (1970).

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