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CRÍTICA: “LA EDAD DE LA INOCENCIA” (1993) DE MARTIN SCORSESE.

Opinión

Por: Katya Birker Grabowsky

08/05/2018

Opinión

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Resulta extraño que aquel director que a mediados de los setenta realizara una de las películas más crudas de la historia del cine callejero norteamericano -me refiero a Taxi Driver (1976)- se atreviese ya en los noventa a rodar un drama de época en toda regla. Pero así fue; lo hizo, dando lugar a una obra de gran delicadeza y elegancia: La edad de la inocencia (1993).

Daniel Day-Lewis y Martin Scorsese en el set de La edad de la inocencia (1993). Fotografía de Phillip V. Caruso.

Martin Scorsese siempre se ha caracterizado por la violencia de sus filmes, en su mayoría thrillers con el crimen urbano o la mafia como elemento central; como ejemplos de ello encontramos Malas calles (1973), la mencionada Taxi Driver (1976), Uno de los nuestros (1990) o Casino (1995), entre muchas otras. Esto no significa que La edad de la inocencia carezca completamente de violencia, sólo que ésta es más sutil, más psicológica, más emocional; se trata de una violencia abstracta que destruye las esperanzas sin necesidad de provocar daño físico. Es la violencia ejercida por una alta sociedad retrógrada, despótica e hipócrita que controla a sus ciudadanos y censura hasta el más mínimo gesto, privándoles de la libertad de la que en teoría disfrutan.

Michelle Pfeiffer, Geraldine Chaplin y Winona Ryder en La edad de la inocencia (1993).

Basada en la novela homónima de Edith Wharton –The Age of Innocence (1920)-, La edad de la inocencia ya contó con una adaptación cinematográfica en 1934. Sin embargo, por lo visto ésta pasó sin pena ni gloria, quedando la versión de Scorsese como la más notable e incluso la única reconocida. Ello se debe en gran parte al reparto tan acertado con el que tiene la fortuna de contar, puesto que cada intérprete se introduce de lleno en la piel de su respectivo personaje, otorgándole una profundidad y una credibilidad absolutas. El reputado Daniel Day-Lewis es el encargado de dar vida al protagonista de esta historia de intrigas amorosas, Newland Archer, un abogado caballeroso, inteligente, maduro y ambicioso. Winona Ryder, por su parte, interpreta a May Welland, la jovencísima prometida de Archer. Pese a su escasa edad y su aparente inocencia, May demuestra una sorprendente astucia, rasgo que Winona logra expresar con gran talento. Pero este compromiso tan ideal y conveniente, dado que ambos pertenecen a una alta clase social, se desestabilizará con la vuelta de Europa a Nueva York de la prima de May, la condesa Ellen Olenska, cuya rebelde pero frágil elegancia representa a la perfección Michelle Pfeiffer. Archer de inmediato se sentirá profundamente atraído por la condesa, no sólo por su belleza, sino por su gran valentía al tener la firme intención de divorciarse de un hombre al que no ama pese a la férrea censura de la sociedad neoyorquina. Se completa así el triángulo amoroso que conducirá la trama principal de La edad de la inocencia.

Daniel Day-Lewis y Winona Ryder en La edad de la inocencia (1993).

Por desgracia, pese a la fortaleza de su mutua admiración y deseo, la razón vence a la emoción; Newland y Ellen nunca podrán alcanzar la felicidad juntos, el amor que se profesan no será suficiente.

Winona Ryder como May Welland en La edad de la inocencia (1993).

A medida que el educado y entregado Newland trata de reintegrar a la proscrita Ellen en su clase social por petición de su dulce prometida y de la abuela de ésta, el amor nace de forma natural entre ambos, y crece, y es correspondido. No obstante, es un amor prohibido por las leyes de la aristocracia. En la Nueva York de finales del siglo XIX, resulta impensable que un hombre de acomodada posición y prometedor futuro renuncie a su status en la sociedad por sus ardientes e incontrolables sentimientos hacia una mujer que osa desafiar las reglas sociales por el bien de su libertad, lo único que ansía. Y, sin embargo, el amor continúa desarrollándose, ambos son incapaces de contenerlo. Por desgracia, pese a la fortaleza de su mutua admiración y deseo, la razón vence a la emoción; Newland y Ellen nunca podrán alcanzar la felicidad juntos, el amor que se profesan no será suficiente. Mientras tanto, May moverá los hilos a su antojo, manipulará la situación desde la sombra. No mostrará su verdadero rostro hasta que haya cumplido su cometido, y aun entonces mantendrá su actitud tierna y frágil.

Daniel Day-Lewis y Michelle Pfeiffer en La edad de la inocencia (1993).

Scorsese demuestra con creces su valía realizando la pieza que aparentemente desentona en el conjunto de su filmografía, saliendo de su zona de confort. Junto con Jay Cocks, adapta la exquisita obra de Wharton creando un guión redondo que roza la perfección. Sabe conjugar la delicadeza y sensibilidad de la historia con una osada sensualidad, representada por la clandestina pareja. Asimismo, también en sus aspectos técnicos brilla La edad de la inocencia, desde la cálida fotografía a cargo de Michael Ballhaus hasta la refinada música compuesta por Elmer Bernstein, pasando por supuesto por la magnífica puesta en escena y el ostentoso vestuario diseñado por Gabriella Pescucci. Todo ello nos traslada, con mucho gusto por nuestra parte, a la época que se representa, en concreto a la distinguida y siempre impoluta alta sociedad. 

Michelle Pfeiffer y Daniel Day-Lewis en La edad de la inocencia (1993).

Scorsese nos brinda (…) un retrato feroz y sin concesiones de una sociedad opresora que impide con dolorosa sutileza la felicidad individual, condenando al ostracismo a todo aquel que trate de vivir de acuerdo a sus propios principios.

Winona Ryder y Daniel Day-Lewis en La edad de la inocencia (1993).

La edad de la inocencia es en resumidas cuentas y sin lugar a dudas una absoluta y deliciosa obra maestra, además de uno de los dramas de época más crudos y realistas jamás realizados, alejado, por ejemplo, del idealismo de las adaptaciones de Jane Austen donde el amor, a pesar de los impedimentos, siempre triunfa. Scorsese nos brinda -apoyado en los sólidos cimientos de la novela de Wharton- un retrato feroz y sin concesiones de una sociedad opresora que impide con dolorosa sutileza la felicidad individual, condenando al ostracismo a todo aquel que trate de vivir de acuerdo a sus propios principios.  

Michelle Pfeiffer y Daniel Day-Lewis en La edad de la inocencia (1993).

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